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jueves, 12 de septiembre de 2013

Siempre hay esperanza

La Historia es más importante de lo que nos imaginamos. Para muchos, son sólo anécdotas, cuentos para entretener sin más, pero no hay que tomárselo así. Pues la Historia ha sido protagonizada por seres humanos reales como nosotros, que tenían sus virtudes y sus defectos. De ellos sólo nos separa un mayor conocimiento adquirido en los siglos que nos separan, pero nada más. Si hubiésemos nacido en esa época, no habríamos sobresalido como seres superinteligentes y avanzados, seríamos iguales que ellos, porque de hecho los somos.

Y eso es algo muy importante, ya que nos permite echar una mirada al pasado, aprender de sus errores y des sus aciertos, y seguir adelante. Porque muchas veces no nos enfrentamos a situaciones absolutamente nuevas, sino que a lo mejor ya han sido vividas por alguien hace 2.000 años. Por tanto, saber qué es lo que él hizo en esa situación nos puede ayudar a tomar un rumbo. Pues la Historia no es lineal, como muchos creen, es cíclica. Cada cierto tiempo repetimos el mismo patrón, y esto será así siempre. Así que podemos usar este hecho en nuestro favor.

Existen muchos momentos en la Historia que podríamos aplicar en nuestra vida, pero uno de los más llamativos e imponentes lo constituye la Segunda Guerra Púnica (218 a.C. – 201 a.C.), que enfrentó a Cartago y Roma. Si lo desean, lean las entradas correspondientes a esta guerra para refrescar la memoria. Cartago y Roma eran las dos mayores potencias del Mediterráneo, y fue lo más parecido a una Guerra Mundial de la Antigüedad. Roma deberá dar lo mejor de sí misma para hacer frente a esta inminente amenaza, y sin duda fue una demostración de autosuperación y valentía digna de ser mencionada.

Los hechos de esta guerra fueron protagonizados por dos Estados beligerantes, y por sus respectivos apoyos, pero esto es perfectamente extrapolable al caso de personas individuales, y a situaciones que no tienen por qué ser una guerra ni un enfrentamiento violento. Simplemente es cuestión de sacar las virtudes que llevaron a Roma a la victoria y aprovecharlas tan bien como hicieron ellos.

Año 218 a.C., el resentimiento en Cartago por un anterior conflicto con Roma no tardaría en desencadenar una segunda guerra. Aníbal tenía este sentimiento muy arraigado, inculcado por su padre, Amílcar, que participó en la Primera Guerra Púnica, y se vio obligado a aceptar unas condiciones de capitulación humillantes para su pueblo. Amílcar, según cuenta la leyenda, hizo jurar a Aníbal odio eterno a Roma. Cuando Aníbal se hizo mayor, dirigió una campaña militar sin igual a lo largo de toda Italia, con objetivo de hacer rendirse a su enemigo principal. El odio fue el primer motivo de esta guerra, a su vez motivado por la paz de 241 a.C. Y el odio llevó a un ejército inmenso por las costas de Hispania y la Galia, por los montes Alpes, hasta llegar a las llanuras de Italia.

Aníbal fue muy hábil, atacar a tu enemigo antes de que pueda reaccionar. Roma fue pillada por sorpresa, mientras organizaba una expedición a Hispania y otra a África. Y Roma tomó decisiones precipitadas y rápidas ante esto, lo que habitualmente conduce al desastre. Tesino y Trebia (218 a.C.), y luego Trasimeno (217 a.C.), fueron sonadas derrotas romanas a manos de Aníbal en Italia, pero la peor de todas fue Cannas (216 a.C.), donde se estima que murieron entre 50.000 y 70.000 romanos e italianos. Ya se pueden imaginar ustedes cómo la desesperación se hacía dueña de las calles de Roma. En apenas tres años, más de cien mil hombres habían muerto inútilmente, y el enemigo campaba a sus anchas por sus tierras. Seguro que muchos pensaron en la capitulación, con el fin de intentar salvar su República. Aníbal también lo pensó, había derrotado a su enemigo aplastantemente en tres ocasiones, y sólo tendría que esperar sentado a que le llegara una oferta de capitulación. Cualquier Estado habría aceptado esto, con el fin de asegurar la continuidad. Probablemente, Aníbal no quería destruir Roma, sino simplemente humillarla, y convertir Italia en una provincia púnica, con Capua como capital, que se había pasado al bando cartaginés. Y esa es otra, los aliados italianos de Roma, sobre todo al sur, empezaron a desertar en masa. Roma estaba sola, sus legiones aniquiladas, ¿qué podían hacer? ¿Qué salvo rendirse? Eso era lo más fácil, pero no lo más viable para la mentalidad romana. Para ellos el único final de una guerra podía ser la capitulación absoluta de su rival. Este espíritu, aunque tambaleado, siguió adelante, sobre todo en manos de un importante político: Quinto Fabio Máximo. Este hombre era de carácter excesivamente prudente, de ahí su apodo Cunctator (El que se retrasa), y logró sacar fuerzas de toda esa desesperación. Mantuvo la cabeza fría, y pensó en cómo continuar. Bajar la edad mínima de reclutamiento a 17 años, comprar esclavos a los patricios y darles la libertad a cambio de servir en el ejército, preparar adecuadamente las defensas de Roma en caso de un eventual asedio. Así, poco a poco, el espíritu romano se levantó. Y llegaron a reunir 25 legiones.

Esto es muy importante, sacar fuerzas de donde no las hay, sacar esperanza, de donde ésta se ha extinguido, es prueba de una valor enorme, que ojalá que tengamos nosotros en nuestras vidas, pues esto es un modelo de comportamiento, que nos lleva a seguir adelante pase lo que pase, y a pesar de los muchos fracasos que cometamos. Lo bueno que tiene fracasar es que ya sabemos qué no hacer. Y los romanos lo aprendieron enseguida. Desistieron de atacar directamente a Aníbal, pues era él invencible en el campo de batalla, e ir recuperando Italia poco a poco, con el uso de pequeñas acciones militares de desgaste contra Aníbal, a la vez que llevando legiones hacia otras tierras. La base principal de los cartagineses estaba en Hispania, y allí llegó el joven Escipión, e hizo frente a una fuerza muy superior a él, para al final en pocos años acabar con la presencia cartaginesa en la península. En Sicilia, Marcelo dirigió el asedio de Siracusa, que había traicionado a Roma, hasta tomarla al cabo de dos años de asedio. En Grecia, Filipo V de Macedonia había atacado el protectorado romano de Apolonia debido a su alianza con Aníbal. Allí también fueron enviados soldados y resistieron la acometida del monarca macedonio. En el norte, en la Galia Cisalpina, también había guerra, pues los galos de esa zona también se aliaron con Aníbal. Pero paulatinamente, con toda la presencia militar en todo tipo de teatros de operaciones, Roma iba recuperando la situación. Las tornas se cambiaron, Aníbal no podía lograr que Roma le presentara batalla, tampoco podía recibir refuerzos de Hispania, a causa de la presencia de Escipión, estaba solo y cada vez más presionado por las legiones. Los italianos que habían traicionado a Roma, o se arrepentían y volvían a jurarle lealtad, o eran sometidos por las legiones. Finalmente, Escipión desembarca en África, lo que obliga a Aníbal a abandonar Italia después de muchos años de esfuerzos, para defender su tierra. Y en las llanuras de Zama, Escipión derrotó a Aníbal. Ante el inminente asedio de Cartago, su senado inicia negociaciones y se vieron obligados a firmar una paz todavía más ignominiosa que la de 241 a.C. Aníbal fue víctima del más abyecto ostracismo, y tuvo que exiliarse, sin haber logrado su objetivo.

Todo esto nos da una lección, una sencilla lección: siempre hay esperanza, SIEMPRE. ¿Acaso alguno de ustedes ha vivido una situación peor que la que vivió la República de Roma después de Cannas? Seguramente muy pocos, pues aprendamos a no rendirnos, y a cambiar de estrategia. No hay otra alternativa que la victoria, simplemente no la hay, es la única vía. Ésa debería ser la máxima que se rigiera durante nuestra vida. Pues recuerden lo que dije en la última entrada, somos romanos, luego apliquemos sus éxitos, y evitemos sus fracasos.

Y esto es sólo uno de los miles de ejemplos que podemos encontrar en la Historia, no sólo la de Roma, sino en general. Siempre habrá enseñanzas mucho más útiles que las de cualquier manual de filosofía o religión, pues estos hechos históricos, han sido llevados a la práctica, y comprobado su fiabilidad. Déjense llevar por la Historia…

Por último, quería mencionar, con permiso de Peter Jackson, un texto sacado de la película Las dos Torres, que viene muy a cuento con el tema que he tratado hoy. ¡Saludos!


“Lo sé, ha sido un error, no deberíamos ni haber llegado hasta aquí, pero henos aquí, igual que en las grandes historias, señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero, como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo, ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias, se rendirían si quisieran, pero no lo hacen, siguen adelante, porque todos luchan por algo.”

martes, 18 de diciembre de 2012

Recuérdame

He decidido hacer un pequeño alto en el camino en este tema de la guerra de las Galias, para hablarles un poco de Filosofía, ya que la tengo bastante apartada.

Vivir eternamente, ése es el sueño de muchos hombres. Una meta a todas luces inalcanzable, aunque se puede conseguir una forma de inmortalidad. ¿Cómo? Los griegos ya se preguntaban esto hace más de 3.000 años. Se trata de vivir en el recuerdo de las personas. De esa manera, aunque una persona muera, si durante su vida ha realizado hechos de gran trascendencia histórica, su legado podrá perdurar a través de los siglos, y así, se puede decir que una parte de él sigue viva aún.

Como algunos de ustedes ya estarán imaginando (si no, ya se lo digo yo) me estoy refiriendo a la Ilíada de Homero, escrita en el siglo VIII a.C., pero que procedía de una tradición oral muy anterior a esta fecha. Se trata de un poema épico que describe un conflicto entre Troya y los griegos, a raíz de la hermosa Helena, cuyo rapto por el príncipe Paris de Troya, provocó una épica guerra que duraría diez años. Multitud de naves cruzaron el Egeo para desembarcar sobre la inexpugnable ciudad de Troya, situada en la costa de la península de Asia Menor. La ciudad tenía gran importancia estratégica, ya que controlaba un estrecho que daba paso a la ciudad de Bizancio y el Ponto Euxino (Mar Negro).

Uno de los soldados griegos que iba en aquella gran flota era Aquiles, hijo de la diosa Tetis y del rey Peleo, según la leyenda. Antes de partir hacia Troya, Aquiles debió hacer frente a un interrogante, que es el que nos estamos planteando aquí. Si se quedaba en Grecia, tendría una vida plena, feliz y larga, y después de morir, sus hijos le recordarían, pero cuando sus hijos y los hijos de sus hijos murieran, ya nadie le recordaría, y su nombre desaparecería, será como si nunca hubiera existido. No obstante, si acude a la guerra de Troya, obtendría la gloria, pues realizaría grandes hazañas en combate, y la gente cantaría poemas épicos de sus batallas, mucho después de que él muriera, aunque tendría una vida muy corta.

La decisión de Aquiles fue clara y contundente, quería vivir por toda la eternidad, que su nombre nunca se perdiera, y que la gente supiera quién era, y lo que hizo. Consideró que el hecho de vivir más tiempo, no era suficiente recompensa. Y la verdad es que lo logró, han pasado más de 3.000 años desde aquel día, y todavía nos preguntamos acerca de Aquiles, Paris, Héctor, Helena, Príamo, Menelao, Agamenón, Ulises, etc. Esta gente ha pasado a la eternidad, gracias a sus acciones. Imagínense ustedes dentro de 3.000 años, ¿cuáles de los personajes actuales seguirán siendo recordados? ¿Será usted uno de ellos? Imposible saber, pero merece la pena intentar algo en esta vida para conseguir ese objetivo.

Es interesante mencionar la más reciente adaptación cinematográfica de la Ilíada, Troya (2004). Esta película en concreto, se centra bastante en el tema que nos ocupa hoy, en la inmortalidad a través del recuerdo. Encontramos a la madre de Aquiles, prediciendo la suerte que iba a tener si acudía a la guerra o si no lo hacía.

Aparte de esto, hay algunos diálogos que guardan especial interés, por ejemplo, al principio de la película, el monólogo de Ulises: Los hombres viven obsesionados por la inmensidad de lo eterno, por eso nos preguntamos, ¿tendrán eco nuestros actos con el devenir de los siglos? ¿Recordarán nuestro nombre los que no nos conocieron cuando ya no estemos? ¿Se preguntarán quiénes éramos, la valentía que demostramos en la batalla, o lo apasionados que fuimos en el amor?

En otra escena, encontramos un niño que acude corriendo a donde Aquiles para decirle que Agamenón y su ejército le estaban esperando en el campo de batalla, pues debía luchar contra un tesalio, el niño le dice “El tesalio con el que vas a luchar es grande y fuerte jamás pelearía contra él. Y Aquiles respondió Por eso nadie recordará tu nombre cuando mueras

También es destacable un diálogo entre Aquiles y Héctor, tras el desembarco de los griegos en la costa de Troya:

Héctor – ¿Para qué has venido aquí?
Aquiles  Pasarán mil años y aún se hablará de esta guerra.
Héctor – Para entonces no quedará ni el polvo de nuestros huesos.
Aquiles – Es verdad, pero sí nuestros nombres.

Por otro lado, querría mencionar el monólogo de Ulises, al finalizar la película: “Si alguna vez cantaran mi historia, cuenten que caminé entre gigantes. Los hombres nacen y se marchitan como el trigo invernal, pero estos nombres nunca morirán. Cuenten que viví en los tiempos de Héctor, domador de caballos. Cuenten que viví en los tiempos de Aquiles.”

Todos estos diálogos, denotan el afán por Aquiles de encontrar su inmortalidad. Y ha sido tema de debate hasta hoy en día. Puede que les parezca inútil tener una vida corta, a cambio de ser inmortal de esa manera, pero piénsenlo bien. Vivir eternamente es una gran meta a la que todos deberíamos aspirar, pues la vida es efímera, ya sea 30 años u 80 años, sólo supone un suspiro comparado con la eternidad, es necesario verlo desde esta perspectiva. Hagan su contribución a la Historia, o a cualquier otra Ciencia. Vean más allá de sus vidas, sean inmortales.

Por último, les dejo con la canción de los títulos de crédito finales de la película Troya Remember me” (Recuérdame). Podrán ver que la letra de esta canción tiene mucho que ver con nuestro tema. “Remember, I will still be here, as long as you hold me, in your memory” (Recuerda, estaré aquí, siempre y cuando me mantengas en tu memoria). “Remember, when your dreams have ended, time can be transcended, I live forever, just remember me” (Recuerda, cuando tus sueños hayan terminado, el tiempo puede ser trascendido, viviré eternamente, sólo recuérdame). “I'm with you, whenever you tell my story. For I am all I've done” (Estaré contigo, siempre que cuentes mi historia. Porque soy todo lo que he hecho).



miércoles, 1 de agosto de 2012

Matrix y Descartes

¡Saludos de nuevo, lector! Aprovecho esta pausa en el desarrollo de las guerras púnicas, para introducir un nuevo tema relacionado con la filosofía. Se trata algo muy difícil de llevar a cabo, diferenciar entre lo real y lo irreal. Lo verdadero y lo falso.

Yo pregunto, ¿usted cómo sabe que las cosas que le suceden cada día son reales? ¿Está tan seguro de ello? Ciertamente, resulta una realidad tan evidente, que muchos ni siquiera se plantean esas cuestiones. Todas esas cosas, lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos, etc. Y en definitiva, toda la información del mundo exterior usa un único vehículo para llegar hasta nosotros: los sentidos. Vista, oído, gusto, tacto y olfato. Son nuestras conexiones con el exterior. Si naciésemos sin ellas, estaríamos totalmente aislados. Imagíneselo por un momento. No podríamos llegar a ningún conocimiento, ni siquiera podríamos pensar, porque no conoceríamos las palabras. E incluso cabe que no fuésemos capaces de percibir nuestra propia existencia.

Podemos encontrar un caso similar a éste en los sordociegos de nacimiento. Vivimos en una sociedad donde los dos sentidos fundamentales sin los cuales usted estaría totalmente incapacitado para guiarse son la vista y el oído. La pérdida de uno de ellos supone un grave contratiempo, que puede ser subsanado por los actuales avances, junto con el hecho de que los demás sentidos pueden llegar a suplir esta carencia. Sin embargo, si faltan los dos, la cosa cambia. La persona sordociega se vuelve totalmente dependiente de otros que no lo son. Por suerte, ellos sí que pueden llegar a algún conocimiento, pues poseen aún el tacto, el gusto y el olfato. También pueden intuir su propia existencia y la existencia de otros entes similares a él, pero se perdería muchas de las cosas que nos ofrece la vida.

Viendo este caso, nos hacemos eco de la inmensa importancia que tienen los sentidos en nuestra vida. Nos informan de lo que sucede, y así diferenciamos entre lo real y lo irreal. Eso sí, suponiendo como válido este canal de información. El problema viene ahora, ¿es realmente válido? Actuamos como si así fuera, pero no lo es. La información que captan los sentidos, se transmite en forma de impulsos eléctricos a través del sistema nervioso hasta nuestro cerebro, que lo interpreta y lo transforma en una sensación, que puede ser sonido, imagen, etc. Y todo esto que recibimos a través de las neuronas lo consideramos real. ¿Han visto la película Matrix? Quienes la hayan visto, recordarán la escena donde Morfeo le explica a Neo qué es Matrix. Y le dice la frase:

“¿Qué es real? ¿De qué modo definirías real? Si te refieres a lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, lo real podrían ser señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.



En efecto, Morfeo ha dado en el clavo. Nuestras sensaciones no son más que señales eléctricas que interpreta nuestro cerebro, nada más. No son pruebas de una existencia más allá de nosotros, ¿o tal vez sí?

Podemos ver el caso de gente con problemas mentales, que ve y oye cosas que no existen, o de drogas alucinógenas, que causan este mismo efecto. Aquí, tenemos una señales eléctricas cuyo origen no está en lo que se percibe del exterior, sino en otros factores, por lo tanto son señales falsas que no nos dicen qué es lo real.

Y visto todo esto, ¿cómo sé yo que el mundo exterior existe? ¿Cómo sé si no estoy en un mundo virtual generado por ordenador? ¿Cómo sé si las personas que amo son reales? Y, en última instancia, ¿cómo sé si yo soy real?

A la última pregunta, tuvo la gentileza de contestar el filósofo francés René Descartes en el siglo XVII. Yo recibo información del exterior, no sé si esa información es buena o es mala, pero sé que la estoy recibiendo, si la recibo, significa que existo. EUREKA!! YO EXISTO. Descartes reflejó esta máxima en su famosa frase “Pienso, luego existo”. Este avance fue fundamental, todo un logro en la filosofía. Había un conocimiento al que podíamos llegar sin tener que confiar en los sentidos, estábamos seguros de nuestra existencia, lo que Descartes conocía como res cogitans. Pero ahora debemos ir más allá.


¿Cómo demuestro la existencia del mundo exterior? Lo que Descartes llamaba res extensa. Sin duda, aquí yo he tropezado con una montaña insalvable. Descartes lo demostró, aunque creo que aquí patinó un poco, su demostración no me parece buena, y además parte de premisas que no tienen por qué ser ciertas, si les interesa busquen más información sobre Descartes, pero yo no voy a hablar aquí de ello.

Este problema lo llevo meditando años, sin llegar a ninguna conclusión. Finalmente, me di por vencido. Comprendí que creer a los sentidos era un acto de fe. Y no tenía más remedio que confiar en ellos, pues reales o no, eran mi única guía en este mundo.

Hasta que un día se me ocurrió una idea un poco disparatada. Se me ocurrió que las cosas irreales, a lo mejor no existían. Todo existe, incluso los unicornios. Establecí que había distintos niveles de existencia. Pues, por ejemplo, si tengo una alucinación, soy víctima de unos impulsos eléctricos que no me muestran lo que hay en el exterior, pero en sí son reales, son impulsos eléctricos. O, usando otro ejemplo, si tomamos el mundo de Matrix, nos damos cuenta de que, al contrario de lo que se dice en la película, Matrix es real. Se trata de un mundo virtual dentro de un ordenador. Un conjunto de ceros y unos, programado por el Arquitecto, entonces es real. Lo qué sí se puede decir es que es menos real que el mundo exterior. Por otro lado, se puede decir que los unicornios son reales, porque están en la mente de las personas, son también impulsos eléctricos. Todos estos casos son ejemplos de niveles de realidad inferiores.

Sin embargo, establecer de manera fiable cómo están distribuidos esos niveles de realidad y clasificar las cosas en consecuencia, sería una tarea difícil, para la que yo aún no he encontrado solución. Ahora entra en juego usted, yo he llegado hasta aquí, y si usted puede continuar construyendo esta torre que he comenzado, y que antes de mí comenzaron Descartes y otros tantos filósofos, le animo a que lo haga, y que avancemos juntos en el conocimiento. 

sábado, 28 de julio de 2012

¿Existe Dios?


¡Saludos de nuevo! He decidido hacer un pequeño inciso en este apasionante tema de las guerras púnicas, para moverme hacia otro ámbito. En mi introducción, además de historia, les prometí filosofía, y lo prometido es deuda. Por lo que me dispongo a hablar de un tema muy controvertido, que incluso hoy en día genera mucho debate: la existencia de Dios.
¿Existe Dios? Respuesta corta: Sí. Respuesta larga: No, con un pero. Disculpen, pero tenía que hacer esta broma relacionada con Los Simpsons. Ahora en serio, vamos a introducirnos en la materia. El que crea que Dios pertenece a la religión, y no tiene nada que hacer en la filosofía se equivoca, pues religión y filosofía a menudo se encuentran. Pero, ¿cómo voy a avanzar en el conocimiento para deducir la existencia o la inexistencia de Dios? Mediante el razonamiento, y la lógica humana. La razón se basa en el principio de causa-efecto; es decir, tengo una causa que me lleva a un lógico e inevitable efecto. Dicho a modo más comprensible: suceso A, yo me emborracho y tomo el coche; suceso B, tengo un accidente. El suceso A sería la causa, y el suceso B el efecto. Pero del mismo modo, el suceso A puede ser el efecto de otra causa, por ejemplo, he bebido porque mi mujer me ha dejado (suceso C). Pero del mismo modo, el suceso C ha podido tener otra causa. Así, nos remontamos en una cadena de causa-efecto. Y puedo seguir la cadena causa-efecto hacia adelante, hacia las últimas consecuencias, o hacia atrás, hacia los primeros principios, si los hubiere. Ya que, podría ser que la cadena causa-efecto sea infinita, que los primeros principios no existieran. Sin embargo, ese tipo de conocimiento nunca sería alcanzable para el ser humano, por lo tanto, hagamos algo que entre dentro de nuestra razón.
A la hora de avanzar en un conocimiento concreto, yo hago un símil con una torre. Primero ponemos las primeras piedras, que son los primeros principios, indemostrables, simplemente los daremos por buenos, y a partir de esos principios, construimos mediante la razón, una torre del conocimiento que nos lleve a una verdad, que estará en la cima de la torre. ¿Pero qué ocurriría si, por ejemplo, uno de los principios que hemos usado, se haya demostrado falso? Esa piedra habría que quitarla, la torre se tambalearía hasta caer, y esa verdad ya no será verdad. ¡Construyamos pues, nuestra torre!
Si seguimos la cadena de causa-efecto, nos encontramos con la creación del universo, el Big Bang, etc. ¿Cuál es el origen del universo? Los creyentes afirman que lo creó Dios. ¿Y qué sentido tiene que Dios sea el creador? Filosóficamente hablando, Dios toma un papel importante como dador del Ser. ¿Qué es el Ser? El Ser es la existencia en sí misma, permite que las cosas sean. Porque de la nada, nada sale. Nos lo dice la Termodinámica, la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Está claro que donde no hay nada, no pueden salir protones, neutrones y electrones, formar átomos espontáneamente y dar lugar a la materia. Tiene que haber algo que le haya dado el ser. Como físicamente es imposible crear materia de la nada, la única manera de que haya una creación, es que exista una entidad que no sólo no física, sino que trascienda lo físico: Dios. Algo no sujeto a las leyes de la física, no sujeto a la termodinámica, al espacio, al tiempo, etc. Pues filosóficamente, tiene sentido que la materia no pueda crearse a sí misma, no puedo demostrarlo, pero resulta evidente. Ahora bien, he descrito a Dios como una entidad filosófica, no al Dios de los cristianos, ni de los judíos, ni de los musulmanes. Y existe mucha diferencia, ya que las religiones conciben a un Dios personal, a semejanza de los hombres, cosa que no tiene por qué ser así, a esos conocimientos no se llega por la razón, sino por la fe. Y, ¿qué es la fe? Podríamos definirla como creer sin pruebas, sin demostraciones. Es una necesidad humana: creer. Yo sí creo, y jamás voy a demostrar lo que creo porque es fe. Pero los que creemos, debemos hacer también un ejercicio de humildad, pues es posible que estemos equivocados, al no tener pruebas. Del mismo modo, afirmar que Dios no existe también es fe, fe en que Dios no existe. La postura más correcta es el agnosticismo, reconocer humildemente que no puedo llegar a ese conocimiento. Pues, aunque la existencia o no de Dios, pueda verse a través de argumentos abstractos y filosóficos como los que yo he hecho, jamás podrá demostrarse de modo científico y certero, ya que algo que no es físico, no puede tratarse mediante la física, cosa que muchos han venido haciendo los últimos años.
Ahora voy a seguir avanzando para intentar averiguar cómo es Dios, y ahí me encuentro con un bache tremendo. No puedo avanzar más, no puedo decir si Dios es bueno, o es malo, si le importamos, si es nuestro padre, etc. Todo eso es fe, no puedo continuar. De modo que voy a bajarme del coche de la razón, y me voy a subir al coche de la fe. Sí, soy consciente de que en este coche voy a ciegas, pues no puedo fundamentar mis opiniones, pero no tengo otro remedio. He terminado mi torre, y voy a continuar, sólo que esta vez construiré un castillo de naipes. Mi concepción de Dios, es algo distinta a la que ofrecen las religiones. Para mí Dios, aparte de ser el arquitecto del universo, es el autor de la moral, algo que considero es muy importante para el ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Este hecho es algo que siempre ha sido objeto de debate. Lo ideal sería tener una referencia ABSOLUTA de lo que es bueno y lo que no; es decir, Dios, y no una referencia tan relativa como lo es el ser humano. De alguna manera, Dios es ese modelo de moral a seguir, que se expresa en nuestra conciencia, y nos impulsa a actuar en consecuencia. Pues sin esta referencia, el bien y el mal no existirían. De hecho, no existen como tal en la naturaleza. Por lo demás, prefiero no meterme en otros aspectos, como si Dios es padre, redentor, etc, y otras cosas que afirman las religiones, pues ya creo que nos estamos alejando de la filosofía.
Ahora voy a hacer un ejercicio de humildad. Supongamos que todo lo que he dicho para demostrar la existencia de Dios es una monumental barbaridad, y estoy tremendamente equivocado. La torre se ha caído, pues entonces, construiré otra para demostrar precisamente por qué Dios no existe, y desgranar las consecuencias que ello comportaría.
El papel de Dios como creador del universo es fundamental, tiene que haber un creador para la creación. A no ser que, la creación nunca haya sucedido. A mí me resulta inverosímil, pero es la única manera que tengo de explicar la existencia, sin meter a Dios. La materia es eterna, nunca fue creada, existió siempre, luego no pudo haber ningún creador. Si tomáramos la cadena causa-efecto, y la siguiéramos hacia atrás, jamás daríamos con los primeros principios, toda causa, sería efecto de una causa anterior, y así hasta el infinito. El Big Bang, no sería el momento de la creación, podría tratarse de un universo cíclico, donde la materia se expande, se contrae, sucede el Big Bang y se vuelve a expandir, según afirman algunos científicos. A pesar de que no hemos necesitado a Dios para desarrollar esta teoría, no sería imposible encajarlo ahí, ya que Dios, al no ser una entidad física, no tiene tiempo, y el hecho de un universo eterno sería compatible con su existencia.
Pero bueno, sigamos construyendo la torre en la que Dios no existe. ¿Qué implicaciones tendría? Como ya he dicho, Dios es una referencia de la moral de modo absoluto, sin ella no tengo más que multitudes de referencias, todas ellas relativas sobre la moral, en cada ser humano. ¿Qué me empuja a actuar bien? Nada, pues si Dios no existe, y el bien y el mal, como tal, no son reales en la naturaleza, no son más que inventos humanos, que yo no tengo por qué seguir. Una conclusión parecida a la que llegó el filósofo alemán Nietzsche. Hablaba él de la moral de los fuertes y la moral de los débiles. Éstos últimos usaban su moral (la del bien y el mal) para defenderse de los fuertes. “Si me haces daño, irás al infierno”. De ese modo, los débiles se defendían. Ahora que sé que esto, no tengo que hacer el bien o el mal, sino lo que más me convenga, teniendo en cuenta, eso sí, que hay leyes, y quebrantarlas puede ir en contra de mis intereses. Sí, se lo que están pensando, es una moral muy cruel, pero es así, es la conclusión a la que llego.
Soy consciente de que la mayoría de los ateos no actúan así, sino que siguen intentando hacer el bien, que es lo que se les ha inculcado de pequeños. Lo cual me satisface a mí, que compartan la moral del bien y del mal, aunque según lo que he dicho sea un poco contradictorio hacia lo que piensan.
En definitiva, ¿existe Dios? Dígamelo usted. Si antes de leer esto usted era creyente, probablemente lo siga siendo, y si será ateo, probablemente lo siga siendo también. Aun así, es interesante y enriquecedor plantearse estos temas. La pregunta “¿existe Dios?”, ha generado muchas discusiones, y nunca responderemos a esa pregunta de modo convincente para que lo creamos todos, del mismo modo que nos creemos que la Tierra gira alrededor del Sol. No obstante, no debemos dejar que esta pregunta sea motivo de odio y desprecio entre las personas.