Señores,
lo prometido es deuda, y he vuelto con el propósito de continuar con la apasionante
historia de la guerra de las Galias. Espero que hayan sido buenos ustedes y que
los reyes magos les hayan traído muchos regalos. Y sin más dilación, iré al
grano.
Nos
encontramos en el año 56 a.C. La Galia se encuentra pacificada, aunque no por
mucho tiempo. Este año, la guerra se trasladará a la zona de la costa
Atlántica, sobre todo, a las regiones de Aremórica y Aquitania.
Precisamente,
Publio Craso se encontraba acampado con la legión VII en territorio de los
vénetos, en la actual península de Bretaña. Craso envió algunos embajadores a
los pueblos vecinos para solicitar suministros. Los vénetos se negaron en
redondo y apresaron a los embajadores. César, al tener noticia de todo esto,
temía un levantamiento en la Galia, y envió a sus generales a distintos puntos
del territorio para asegurarse la lealtad de los galos.
Tito
Labieno fue enviado a territorio de los tréveros, con el fin de vigilar a los
pueblos galos asentados en esta zona, y evitar una posible incursión germana en
territorio galo. Quinto Titurio Sabino, fue enviado a territorio de los venelos,
asentados en la actual península de Cotentin, Craso iría a Aquitania, y por
último, César y Décimo Bruto se ocuparían de los vénetos.
Los
vénetos se caracterizan por tener una formidable flota, eran expertos
marineros, y por tanto, para vencerles había que vencerles por mar, para lo
cual César mandó construir una flota en el río Loira y la dejó al mando de
Bruto, mientras que él lideró un ataque por tierra a las fortalezas vénetas.
Estos ataques resultaron infructuosos, pues lo vénetos se resguardaban en unas fortalezas
levantadas sobre penínsulas que se convertían en islas cuando subía la marea,
por lo que tomarlas era muy difícil, tuvo que esperar a que llegara Bruto con
su flota para que las cosas cambiasen.
Mientras,
no muy lejos de ahí, Sabino intentaba lidiar con los venelos, que se había
alzado. Estos recibieron ayuda de otros pueblos como los lexovios y los
aulercos. Ese contingente atacó el campamento de Sabino, quien pasó
dificultades, aunque logró rechazarlos y los venelos tuvieron que rendirse.
Tras
todos estos éxitos de campaña, César se dirige hacia los únicos pueblos que aún
no se han pacificado, los mórinos y los menapios, en la costa de Bélgica. Esta vez,
estos pueblos usan una táctica de guerra consistente en esconderse en los
bosques y atacar por sorpresa. César, para evitar esto, manda talar los bosques,
y toda su madera fue usada para levantar fortificaciones. Los mórinos y
menapios no se atrevían a atacar. Entonces se desató una serie de inclemencias
meteorológicas que obligaron a César a detener la tala y regresar a los
campamentos de invierno.
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