Saludos, lectores. He decidido
publicar esta entrada para hablar de la tragedia ferroviaria vivida ayer, 24 de
Julio a las 20.42 horas, en la ciudad de Santiago de Compostela. Un Alvia de la
serie 730 descarriló en una curva poco antes de entrar en la estación de
Santiago de Compostela. A juzgar por las imágenes, el accidente fue
extremadamente violento, tanto es así, que uno de los vagones salió volando,
acabando sobre una carretera adyacente, tres vagones se incendiaron y otros
tantos quedaron apilados unos sobre otros. Esta peculiar situación provocó que
fuera muy difícil rescatar a los heridos, por lo que las tareas de rescate se
prolongaron durante la noche.
Los primeros en acudir al lugar del
accidente fueron los vecinos, que escucharon entre una y tres explosiones, lo
cual llevó a pensar en un primer momento que se trataba de algún atentado. Hipótesis
que fue descartada por el Ministerio del Interior. Los vecinos ayudaron a los
equipos de emergencia en el rescate de heridos, y también aportaron mantas para
cubrir a muchos cadáveres que habían salido despedidos del tren, y se hallaban
dispersos por la vía. La colaboración ciudadana fue extraordinaria, muchos
acudieron al llamamiento de las autoridades para donar la sangre que se
necesitaba para los heridos. Un torrente de ambulancias invadió el lugar de los
hechos, para atender a los diversos heridos. Algunos vagones apenas quedaron
reducidos a meros amasijos de hierro, y algunos cadáveres, totalmente
irreconocibles, habrán de ser identificados por el ADN.
Por el momento hay 78 víctimas
mortales y unos 130 heridos, cinco de ellos en coma. El presidente de la Xunta
de Galicia, Alberto Núñez-Feijóo, la ministra de Fomento, Ana Pastor, y el
presidente de Renfe se desplazaron inmediatamente al lugar de los hechos para
liderar la situación. Todas las festividades previstas han sido canceladas, y
se han decretado 7 días de luto oficial. No cabe duda de que es uno de los más
trágicos accidentes ferroviarios de España. Se trata del primero que se produce
sobre una línea de alta velocidad.
Ahora, yendo a aspectos más técnicos
de la tragedia, todavía reina cierta confusión. Está claro que fue un
accidente, pero las causas son aún desconocidas. Los expertos de Renfe estás
trabajando en varias hipótesis, la más probable la del exceso de velocidad,
aunque plantea muchos inconvenientes.
Baliza ERTMS
Los expertos han afirmado que es poco
verosímil que un simple exceso de velocidad haya desencadenado tal tragedia,
con vagones apilados unos sobre otros. Por suerte, los dos maquinistas que
estaban a cargo del Alvia han sobrevivido, y tendrán que dar muchas
explicaciones. Uno de ellos, ha afirmados poco después del accidente “Descarrilé,
qué voy a hacer”, lo cual apunta a una posible razón técnica no subsanable por
el maquinista. Aunque también ha reconocido que circulaba a unos 190 km/h,
cuando el límite de velocidad era de 80 km/h. Esto plante más dudas si cabe. Pues
las líneas de Renfe cuentan con el sistema ERTMS, que consta de una serie de
balizas colocadas por toda la línea, que controlan la velocidad de los trenes,
y que frenan automáticamente el tren en caso de rebasar el límite de velocidad.
El problema es que como la velocidad se controla por balizas, ese control sólo
se hace en determinados puntos. Esto podría causar que el tren fuera al doble
de la velocidad permitida. Y hay aún más interrogantes, ¿cómo es posible ir más del doble de la velocidad permitida y que ninguno de los dos maquinistas se
percatara y activara el freno a tiempo? No es cuestión de linchar a los
maquinistas, pero esto es muy extraño. Podría ser comprensible que por un
descuido se circulase a 100 km/h en vez del máximo de 80 km/h, pero llegar a
los 190 km/h, resulta muy evidente, y cuesta creer que no se dieran cuenta. Además,
tampoco ha podido pasar ningún percance médico a los maquinistas, ya que en
eses caso, los trenes poseen un sistema de seguridad conocido como
Hombre-muerto, en el que si el conductor deja de pisar un pedal, se activa
automáticamente el freno de emergencia.
Cable EuroLoop
Aun y todo, no está claro que la causa
del siniestro fuera el exceso de velocidad. Y si lo fuera, se podría haber
evitado, pues hay sistemas mejores que el ERTMS. Por ejemplo, el EuroLoop, que
es muy usado en las líneas de alta velocidad, aunque también se usa en redes
convencionales como la línea C-5 de Cercanías Madrid, y en todas las líneas de
Euskotren. Consta de un cable en medio de la vía que recorre toda la línea, y
que contiene información de los límites de velocidad. Este control es continuo,
ya que el tren siempre tendrá el cable debajo, y en caso de sobrepasar el
límite de velocidad, el tren frena automáticamente.
Dicho esto, querría destacar que este
accidente es extremadamente inusual, que no debemos desconfiar de nuestra red
ferroviaria, y de nuestros trenes, que son de los más punteros del mundo. Más de
un millón de personas usan a diario el tren en España, con total seguridad. Así
que yo animo a que se sigan usando las líneas ferroviarias como antes.
Y por último, y no por ello menos importante, mis condolencias y todo mi
apoyo a los familiares de las víctimas, que muchos de ellos aún no saben si sus
seres queridos están vivos o no. Yo desde aquí quiero darles todas las fuerzas
posibles para superar este amargo trago. SIEMPRE CON LAS VÍCTIMAS.
El
bloque de los últimos cien años de la República ha concluido. Aquella época ya
pasó. Los romanos habían construido su sistema republicano con la intención de
evitar la excesiva concentración de poder en un solo hombre. Ahora habían
conseguido todo lo contrario, el control de Roma estaba en manos de un solo
hombre, que no recibiría título de Rey, pues aquello era tema tabú entre los
romanos, desde que expulsaron a los reyes etruscos de la ciudad. Aquel hombre
era el princeps, y éste rango
precisamente dio nombre a ésta nueva era romana, el Principado, o Alto Imperio
Romano, que abarca desde Augusto hasta Diocleciano. Durante estos 300 años, las
magistraturas republicanas irían perdiendo peso, que recaería sobre el emperador.
Y se irían sucediendo distintas dinastías, en función de la familia que
ostentase. La primera dinastía de todas sería la de los Julio-Claudios.
El
problema de esta República fingida y monarquía de facto es que el gobierno de Roma estaba totalmente a merced del
hombre que ocupara el cargo de emperador. No siempre se podía asegurar que el
hijo de un buen emperador, también fuese buen emperador. Por tanto, nos
encontramos ante una sucesión de extraordinarios emperadores, que extendieron
las fronteras del Imperio, e hicieron políticas a favor de sus ciudadanos, y
emperador pésimos, que eran conocidos por sus excentricidades, su megalomanía,
y su afán por usar su poder en beneficio propio, y no en beneficio de los
ciudadanos, vamos, unos completos inútiles e incompetentes, que no hubieran
llegado nunca a donde están si un fueran hijos de tal o cual emperador. Esto producía
una inevitable inestabilidad en el trono imperial, haciendo que el emperador
fueses muy propenso a ser “depuesto” por la guardia pretoriana, y que después
se desarrolle una fatal lucha entre pretendientes al trono.
Augusto era referente de este primer tipo de
emperadores, pues su vida entera la dedicó a la política, a favorecer a sus
ciudadanos, a pacificar las fronteras, a convertir una Roma de madera en una
Roma de mármol. Una de las edificaciones más emblemáticas fue el Panteón,
llevado a cabo por su amigo y mano derecha Agripa. Se trataba de un gran templo
dedicado a todos los dioses, con una enorme cúpula circular de unos 40 m de
diámetro. Pero los sucesores de Augusto no
estuvieron a su altura. Cuando Augusto murió,
en el año 14, legó el Imperio al hijo de su esposa, Tiberio, quien terminó de
pacificar las fronteras del Imperio. Siendo sucedido por el excéntrico
Calígula, su nieto, en el año 37. Su apodo es un diminutivo de caliga, que era un tipo de calzado
militar romano, pues Calígula pasó gran parte de su infancia en campamentos
militares, tuvo unas caliga,
expresamente hechas para él, tamaño niño. Entre otras cosas, hizo preparativos para
la invasión de Britania. Fue conocido como un gobernante tiránico, y era un hombre muy dado a los vicios. Además,
fomentó que se le adorara en Roma como a un dios, algo que resultaba un
escándalo, pues no era costumbre deificar a un gobernante cuando él aún estaba
vivo, aunque en Oriente era una práctica muy extendida. Su gobierno levantó
recelos entre las clases altas, lo que generó un complot que acabó con su vida
en el 41. Le sucedió su tío Claudio, que inició la invasión de Britania, aunque
ésta quedaría inconclusa. Intentó hacer una política mejor que la de su
predecesor, pero era un líder débil, y finalmente fue envenenado en el 54.
Su sucesor
fue su sobrino Nerón, que sería de los emperadores más excéntricos. Su tutor
fue el famoso filósofo Séneca, pero poco aprendió de él. En el 64, un enorme
incendio asoló la ciudad de Roma, incendio del que Nerón era muy sospechoso de
ser autor. Lo cierto es que sobre todo el terreno quemado, decidió levantar un
palacio imperial, conocido como Domus
Aurea. Además, mientras la ciudad ardía, se le sorprendió cantando la caída de Troya. También se dice que mandó asesinar a su propia madre, y que después
violó su cadáver. En el 68 fue declarado enemigo público por Roma, y Nerón tuvo
que huir para finalmente suicidarse.
La
dinastía de los Julio-Claudios había acabado. Durante el 69 se sucederían una
serie de emperadores y guerras civiles. Primero Galba, luego Otón, luego
Vitelio. Hasta que al fin accedió al trono Vespasiano, fundando la dinastía de
los Flavios. Vespasiano aportó estabilidad al Imperio. La conquista de Britania
finalizó por fin, gracias al gobernador Cneo Julio Agrícola. Por otro lado,
también bajo su reinado se pacificó una rebelión desatada en Judea, acción
llevada a cabo por su hijo Tito, que conllevó la destrucción del Templo de Jerusalén
en el año 70. Vespasiano falleció de muerte natural en el 79, siendo sucedido
por su hijo Tito. Él sería famoso por inaugurar el famoso Coliseo, o Anfiteatro
Flavio. Una obra maestra de la arquitectura antigua, diseñada para el uso y
disfrute de la plebe. Tito murió en el 81, al parecer por unas fiebres, siendo
sucedido por su hermano Domiciano. Realizó campañas contra los germanos, y
también contra los dacios. Una conspiración acabó con él en el año 96, acabando
definitivamente con la dinastía Flavia.
Hoy se cumple un año de mi blog. El 19 de julio de
2012 empezaba la andadura de este blog, aunque en otra dirección, después me
trasladé a la actual. Jamás habría imaginado que llegaría tan lejos, ¡más de 50
entradas! Si se acuerdan, empezamos con la primera guerra púnica, en el 264
a.C., e iniciamos un larguísimo recorrido durante la última etapa de la
República hasta el 27 a.C. Durante estos más de 200 años, hemos vivido
muchísimas aventuras. Intrigas políticas, guerras civiles, invasiones a gran
escala… Espero haberles demostrado lo apasionante que es este periodo de la
Historia. Por ello, les animo a que lean las entradas desde el principio, y
vivan las aventuras del joven Escipión, las reformas de Tiberio y Cayo Graco,
el ascenso de Mario, la dictadura de Sila, el Trinunvirato, la guerra de las
Galia y, por último, la guerra civil. La verdad es que escribir todo esto para
mí, más que trabajo, me ha supuesto un apasionante placer, pues se trata de
plasmar por escrito lo que tengo en la mente, y espero haberles transmitido ese
entusiasmo por Roma que me caracteriza a mí.
Por lo demás, seguiré escribiendo, aunque menos a
menudo, sobre todo a partir de Septiembre, cuando empiecen mis obligaciones
académicas. Por el momento, he decidió dotar a mi relato de cierta continuidad,
y voy a ofrecerles un resumen de la historia de la última etapa de la Antigua
Roma: el Imperio, que se extiende desde el 27 a.C. hasta el 476 d.C., cuando
cae el Imperio Romano de Occidente, mientras que el de Oriente continuó hasta…
¡Ya vale! No voy a decir más, todo llegará cuando lo redacte en las próximas
entradas, sólo quédense con eso.
Y por último, quiero destacar que cualquier
sugerencia sobre Roma o cualquier otro tema (estoy dispuesto a tratar sobre
historia, filosofía, política, ciencia, etc) será bien recibida.
Reciban todos un cordial saludo, y mi
agradecimiento por leerme, y ojalá que sea por muchos años más. ¡Larga vida a
Historia, Filosofía y más!
La
cuarta y última guerra civil había terminado, ¿y ahora qué? Los romanos estaban
ya exhaustos de tantas guerras civiles, que habían causado que el Imperio
contara con unas 60 legiones en total, un ejército totalmente sobredimensionado,
que consumía las arcas de la República. Octavio decidió licenciar a los
soldados más veteranos, quedándose al final con 28 legiones, que eran las
siguientes:
I
Augusta, II Augusta, III Augusta, III Cyrenaica, III Gallica, IV Macedonica, IV
Scythica, V Macedonica, V Alaudae, VI Ferrata, VI Victrix, VII Macedonica, VIII Augusta, IX Hispana, X Fretensis, X Gemina, XI, XII Fulminata, XIII Gemina, XIV Gemina, XV Apollinaris, XVI Gallica, XVII,
XVIII, XIX, XX Valeria Victrix, XXI Rapax y XXII Deitoriana.
Octavio
mantuvo sus poderes extraordinarios hasta el año 27 a.C. Fecha en la que formalmente
devolvió el poder al Senado de Roma. Pero éste, reafirmó los poderes de
Octavio, fue renombrado Augusto y Princeps
de la República. Durante su reinado, Augusto mantuvo una especie de ficción de
que la República continuaba, a pesar de que él mantenía el poder absoluto. Las magistraturas
republicanas seguían eligiéndose cada año. Lo cierto es que históricamente
hablando, se considera que la República acabó ese año, el 27 a.C.
Augusto
se propuso establecer una paz duradera, conocida como la Pax Augusta o Pax Romana,
que era un periodo de paz, donde los romanos no debían volver a soportar los
avatares de una nueva guerra civil o invasión extranjera. Para ello, Augusto
debía pacificar las fronteras del Imperio. Para empezar, logró someter a los
cántabros en un conflicto conocido como las guerras cántabras, que duraron desde
el 29 a.C. hasta el 19 a.C., completando con ello la conquista de Hispania.
También decidió extender las fronteras del Imperio hacia las defensas naturales
del eje Rin-Danubio, conquistando Retia, Panonia, Iliria y Nórica, en los
Balcanes.
Augusto
fue más allá y decidió adentrarse en Germania, extendiendo la frontera del
Imperio Romano al río Elba. Pero sus deseos se truncaron las legiones XVII,
XVIII y XIX al mando de Publio Quintilio Varo fueron aniquiladas en los bosques
de Teutoburgo, en el 9 d.C. Aquella batalla supuso la pérdida de la recién
adquirida provincia de Germania, y el establecimiento definitivo de la frontera
del Rin, entre romanos y bárbaros.
De
esta manera, las fronteras fueron alejándose de Italia, y los ciudadanos
romanos obtuvieron su Pax Romana,
pero… ¿a qué precio? La muerte de la República. Augusto murió en el año 14
d.C., y nombró como su sucesor a Tiberio, el hijo de su esposa. Tiberio sería
el primero de una larga lista de emperadores, que tendrían el título de Princeps, que dominarían durante los
próximos siglos aquel floreciente Imperio.
En
el invierno del 41 a.C., Antonio navegó a Alejandría, donde se encontró con
Cleopatra, y ambos se convirtieron en amantes, cosa que no fue bien vista en
Roma, y sobre todo, por Octavio. Cleopatra quedó embarazada y tuvieron dos
gemelos que se llamarían Helios y Selene.
A
pesar de que el bando republicano estaba derrotado, aún quedaban algunos fuegos
por apagar. Sexto Pompeyo había logrado reunir una flota y se hizo con el poder
de Sicilia. Se dedicó a piratear a los barcos que traían grano a Roma, por lo
que la ciudad comenzó a pasar hambre. Y por si eso fuera poco, la esposa de
Antonio, Fulvia, con la ayuda de su hermano, Lucio Antonio, se rebelaron en el
41 a.C., con la intención de fijar a Antonio como líder absoluto del Imperio.
Se hicieron fuertes en la ciudad de Perusia, que sería sometida a asedio por
Octavio. La ciudad cayó al año siguiente. Como consecuencia, Octavio decidió
firmar la paz con Antonio, y le entregó en matrimonio a su hermana Octavia.
El
matrimonio entre ambos no era más fachada que otra cosa, y Antonio la envió de
vuelta a Roma, y él se estableció en Alejandría, casándose con Cleopatra, antes
siquiera de divorciarse de Octavia.
En
el 36 a.C., Octavio logra finalmente retomar Sicilia y destruir la flota de
Sexto, quien huyó a Oriente para ser capturado y posteriormente ejecutado por
Antonio. Pero el Triunvirato se enfría poco a poco. Lépido, cansado de estar a
la sombra de Octavio y Antonio, decidió tomar Sicilia, pero Octavio acudió
rápidamente y convenció a sus legiones de que se evitara la guerra. Así, Lépido
tuvo que rendirse y aunque fue perdonado, Octavio le despojó de todo su poder
de triunviro. Ahora el Imperio sí que estaba en poder de aquellos dos hombres,
y que sus diferencias volvieran a hacer estallar una guerra era cuestión de
tiempo.
Finalmente,
en el 33 a.C. terminó el tiempo de mandato de los triunviros, lo que conllevó
una ruptura abierta de las relaciones entre Octavio y Antonio. Éste último, se
divorció de Octavia, y redactó un testamento donde repartía su Imperio entre
sus dos hijos, Helios y Selene, y el hijo de César, Cesarión, lo que fue una
ofensa para Octavio. Durante todo aquel año no hubo hostilidades, pero sí una
guerra fría, en la que Octavio se dedicaba a atacar constantemente la imagen de
su rival.
Ya
en el 32 a.C., el Senado aprobó la guerra contra Antonio y Cleopatra, dando comienzo así a la cuarta y última guerra civil romana. Pero el
primer encuentro entre ambos no se produciría hasta el año siguiente. Antonio
estaba con su ejército en Grecia, en las inmediaciones de Actium. Octavio llegó
con su flota y sometió a Antonio a un largo bloqueo. Hasta que Antonio decidió
romper el bloqueo. Antonio y Cleopatra lograron escapar, con algunos barcos, pero
la mayoría fueron capturados o hundidos. Tras esta derrota, a Antonio no lo
quedaba otra que regresar a Alejandría.
En
el 30 a.C., se produciría la batalla final. Octavio desembarco en Alejandría y
puso sitio a la ciudad. Ante su inminente derrota, Antonio volvió su espada
contra sí, y puso fin a su vida. Entonces, Cleopatra comenzó a negociar con
Octavio, pero sus condiciones eran muy duras y tuvo que rechazar. Días después
del suicidio de Antonio, Cleopatra se dejó morder por una serpiente, y abandonó
este mundo. Cesarión fue asesinado por orden de Octavio, y Helios y Selene
quedaron a cargo de Octavia.
Egipto
se convertía ahora en la nueva provincia romana, y Octavio era el dueño
absoluto del Imperio Romano.
Tras
el asesinato de César, la situación en Roma era crítica. Antonio, como cónsul
de aquel año, hizo frente a la situación. Los seguidores de César pugnaban por
el poder, mientras, los conspiradores principales de la muerte de César, Bruto
y Casio, intentaban hacerles frente a ellos y a la plebe enfurecida. Pero fue
en vano y ambos decidieron escapar de Roma y establecerse en Oriente.
Ahora
Roma quedaba en manos de los partidarios de César. Y nuevo competidor apareció
en el horizonte. El testamento de César nombraba como su heredero a su
sobrino-nieto Cayo Octavio, de apenas 18 años, que en adelante sería su hijo
adoptivo. Octavio usó su herencia para complacer al pueblo y ganárselo. Hechos
que levantaron los recelos de Antonio, que se consideraba el único digno
sucesor de César.
Mientras,
Cicerón, que no había tomado parte en el complot, decidió quedarse en Roma,
para atacar a Antonio desde la oratoria. Él aún creía en la salvación de la
República, y Antonio era el principal obstáculo. Usó al joven Octavio en sus
ataques a Antonio, y también escribió sus famosas filípicas, al
estilo de sus anteriores catilinarias, donde criticaba duramente las políticas del cónsul
Antonio.
A
finales del 44 a.C., a Antonio ya se le estaba acabando el mandato como cónsul,
y decidió salir de Roma y marchar al norte, a la Galia Cisalpina, para
proclamarse su gobernador y tomar posesión de sus legiones. El legítimo
gobernador, Décimo Bruto, se negaba a concederle el mando, y Antonio comenzó a
sitiarlo en la ciudad de Mútina, estallando así la tercera guerra civil romana.
Hircio
y Pansa, partidarios de César, fueron elegidos cónsules del año 43 a.C., y
partieron con un ejército hacia el norte, para enfrentarse a Antonio. Octavio
iba con ellos, con dos legiones suyas.
Ambos ejércitos se encontraron en Forum Gallicum, al principio Antonio
obtuvo ventaja al derrotar a Pansa, pero luego se topó con las fuerzas de
Hircio, que se volvieron contra él, provocándole una derrota. En la batalla el
cónsul Pansa murió.
Días
más tarde, ambos ejércitos se volvieron a enfrentar en Mútina. Las fuerzas
republicanas, en notable superioridad numérica, volvieron a aplastar a Antonio,
que logró huir. En la batalla también murió el cónsul Hircio, de manera que
Octavio quedó como único comandante.
Octavio
regresó a Roma con sus fuerzas, y forzó al Senado que le nombrase cónsul, algo
que resultaba insólito, pues tenía sólo 19 años, y la edad habitual para ser
cónsul era de 42 años. Cicerón empezó a ver cómo su apuesta por Octavio pudo
ser un error. Una de las acciones más polémicas que realizó Octavio fue
declarar asesinos a Bruto y Casio.
Mientras
tanto, Antonio unió las fuerzas que le quedaban con las de Lépido, otro
partidario de César, y juntos constituían una nueva amenaza para Roma. Octavio
tomó su ejército y marchó contra ellos. No obstante, cuando se encontraron
personalmente, decidieron aliarse entre ellos contra los enemigos de César.
Así, se formó el segundo Triunvirato, entre Octavio, Antonio y Lépido. Una de
sus primeras acciones fue redactar una lista negra de proscritos, donde
aparecían potenciales enemigos políticos que había que “eliminar”. En la lista
se encontraba ni más ni menos que Cicerón, a petición de Antonio,
evidentemente. Cicerón no opuso ninguna resistencia, ofreció su cuello a sus
verdugos. Antonio exhibiría más tarde en Roma las manos y la cabeza del famoso
orador. En
Oriente, las fuerzas republicanas se revolvían contra ellos. Bruto y Casio
habían logrado reunir un importante ejército con el fin de destruir a los
triunviros de una vez por todas. Hacia
el año 42 a.C., Octavio y Antonio desembarcan en Grecia, dejando Roma a cargo
de Lépido, con un numeroso ejército. Avanzaron hasta encontrarse con el
ejército republicano en Filipos. Un primer contacto entre ambos resultó empate,
pues ninguna de las fuerzas logró una victoria definitiva. Sin embargo, Casio,
al creer que la derrota era inminente, se suicidó.
Semanas
después, ambos ejércitos volvieron a enfrentarse, esta vez Bruto estaba solo.
La batalla resultó ser una gran carnicería. Al final, los soldados de Bruto
fueron rechazados, y la victoria de los triunviros era inminente. Ante esta
situación, Bruto decidió suicidarse, terminando así la tercera guerra civil.
El
Triunvirato quedó entonces como dueño absoluto del Imperio Romano, y decidieron
repartírselo. Octavio se quedó con Occidente, Antonio con Oriente y Lépido con
África.
Pompeyo
llegó al puerto de Alejandría, una de las ciudades más imponentes de la
Antigüedad, con su distintivo Faro, que guiaba a los navegantes. Aquella ciudad
era un crisol de culturas, griegos, egipcios, judíos, etc. Sin embargo, la
belleza de Alejandría no era más que un vestigio del pasado esplendor de
Egipto. Egipto era el último reino helenístico que quedaba, del gran Imperio de
Alejandro Magno. Y desde su muerte, el país había sido gobernado por su
general Ptolomeo y sus sucesivos descendientes. Egipto estaba ya en franca
decadencia, era el sol poniente, mientras que Roma era el sol naciente. El
faraón era un simple niño, Ptolomeo XIII, que estaba tutelado por el eunuco
Potino, era él el que ejercía el gobierno de Egipto de facto. Además, se encontraba en guerra civil con la hermosa y
seductora hermana del faraón, Cleopatra.
Pompeyo
se acercó a los muelles de la ciudad en una pequeña barca, y en cuanto tuvo
delante a Potino, sus propios hombres le asestaron un golpe mortal. Los
conspiradores habían hecho un trato con Potino, quien se había puesto de parte
de César, y pensaba entregarle como regalo la cabeza de su rival, literalmente.
César
llegó poco después a Alejandría, dejando el gobierno de Roma a cargo de
Antonio. Potino le ofreció una cesta que contenía la cabeza de Pompeyo. Lejos
de complacerle, esta acción le horrorizó inmensamente, pues antaño ellos fueron
amigos, familia y aliados políticos, y lo consideró un insulto. Enterró su
cabeza con todos los honores en el templo de Némesis.
Una
vez zanjado este asunto, a César le pareció conveniente arbitrar en la guerra
civil de Ptolomeo XIII contra Cleopatra, y se instaló en el palacio real de
Alejandría. Una noche, le trajeron a César una alfombra enrollada, cuando la
desenrollaron resultó que dentro estaba Cleopatra, y acto seguido se enrollaron
(disculpen el juego de palabras). Lo cierto es que César y Cleopatra se
convirtieron en amantes. Este hecho enfureció mucho a Ptolomeo, quien llamó a las armas a los alejandrinos, y
sitiaron el palacio real.
El
sitio duró varios meses, nos encontramos ya en el 47 a.C. Por suerte, llegaron
refuerzos romanos que lograron expulsar a los sitiadores. Ptolomeo huyó y se
ahogó en el Nilo. Con ello, se ponía fin a la guerra civil de Egipto y
Cleopatra quedaba como reina. No obstante, la guerra civil romana siguió su
curso mientras duraba el sitio de Alejandría, Catón había reunido un
considerable ejército en Útica, y Farnaces, el hijo de Mitrídates, había
invadido Ponto. César decidió partir primero hacia Asia, para enfrentarse a
Farnaces, dejando atrás a Cleopatra, con la que había tenido un hijo llamado
Cesarión.
César
se enfrentó a Farnaces en la batalla de Zela, en la Capadocia, logrando una
victoria rápida y definitiva. Tanto es así que mandó un mensaje al Senado con
su famosa frase “Veni, vidi, vici” (Llegué, vi y vencí). Farnaces logró escapar de
allí.
Después,
era conveniente apagar el último fuego que quedaba. César marchó hacia África a
enfrentarse con Catón, quien había pactado con el rey Juba I de Numidia, y así
logró un ejército muy numeroso, con incluso elefantes de guerra.
En
el 46 a.C., César desembarca en África y asedia la ciudad de Tapso. Entonces,
el ejército republicano, comandado por Metelo Escipión y su aliado Juba I, le atacó.
Su ejército era ligeramente superior en número, y además tenía los elefantes,
que fueron colocados en ambos flancos. Los arqueros de César masacraron a los
elefantes del flanco derecho, mientras que los del izquierdo, atacaron el
centro de la formación de César. Afortunamente, los soldados aguantaron, y
aniquilaron a los elefantes. Ahora, con su superioridad numérica en caballería,
César ganó fácilmente la batalla. Metelo Escipión murió y Juba I se suicidó. Catón
se encontraba en Útica durante la batalla. Al tener noticias de su resultado,
volvió su espada contra sí, y puso fin a su vida.
Ahora
que toda resistencia a su persona había sido aniquilada, César pudo regresar a
Roma y celebrar sus triunfos por sus diversas victorias en la Galia, Hispania, Grecia,
Egipto, Asia y África. Para la ocasión, hizo venir a Roma a su amante Cleopatra, y a su hijo
bastardo, Cesarión. En el desfile triunfal apareció Vercingétorix encadenado,
siendo exhibido como trofeo de guerra, más tarde sería ejecutado.
Ante
esta situación, el Senado nombró a César dictador durante 10 años. Inició
varios cambios en Roma. Realizó algunas obras populares como repartir grano
entre la plebe, rebajar los alquileres, o repartir tierras públicas entre
los pobres. Fomentó la creación de numerosas infraestructuras como caminos, acueductos
y colonias para sus veteranos. También inició reformas políticas que para
algunos estaban encaminadas a consolidarse como rey absoluto y para otros
estaban encaminadas a sanear la República de la corrupción, sea como fuere, el
pueblo romano en su mayoría apoyaba a César.
En
el 45 a.C., César partió hacia Hispania debido a que había estallado una
rebelión republicana encabezada por los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto. Ambos ejércitos
se enfrentaron en Munda. El ejército republicano era casi el doble de numeroso
que el de César, por lo que fue una batalla muy difícil de vencer. Sexto y Cneo
cometieron el error de debilitar uno de los flancos para reforzar el otro, que
estaba siendo duramente atacado, César aprovechó esto para introducir por ahí a
la caballería e inclinar la balanza a su favor. Sexto escapó, pero Cneo fue
capturado y ejecutado. La guerra civil había terminado, y César pudo regresar a
Roma.
En
el 44 a.C., el Senado terminó por nombrarle dictador vitalicio. Ahora César acumulaba
un poder increíble, nunca ostentado por cualquier otro romano. Empezaron a
circular rumores de que pretendía nombrarse rey de Roma, algo que era un
completo sacrilegio. Antonio le ofreció la corona real en dos ocasiones, pero
él la rechazó. Aun así, los rumores continuaban.
En
marzo de aquel año, César se hallaba preparando una nueva campaña contra los
partos. El día 15, los idus de marzo, fue convocado a una sesión del Senado,
que solía reunirse en el teatro de Pompeyo. Los senadores se encontraban
rodeando a César, cuando uno de ellos sacó un puñal y le propinó un corte en el
cuello. César reaccionó rápido y le clavó el estilete que llevaba en la mano. Entonces,
el resto de los senadores se lanzó con sus respectivos puñales, recibiendo
César unas 23 puñaladas, la última de ellas a manos de su hijo adoptivo Bruto. En
ese momento, el pronunció la famosa frase “Tu quoque, Brute, fili mi” (Tú
también, Bruto, hijo mío). Después, César quedó tendido en el suelo, con la toga
manchada por su propia sangre. En un último esfuerzo, se intentó tapar la cara,
para tapar su vergüenza. A los pies de la estatua de Pompeyo, César exhaló su
último aliento.
Cuando
se anunció al pueblo de Roma que César había muerto, lejos de estallar en
alegría, que era lo que los conspiradores esperaban, el pueblo estalló en ira y
se produjeron disturbios en las calles de Roma. Una nueva guerra civil se
avecinaba...